Siendo alumna de Freire

Antes no veía con buenos ojos a los docentes. Sentía que aprendía más imaginando y resolviendo tareas en mi mente de otras materias o de las aficiones que ya tenía. Todo esto ocurría mientras divagaba entre los contenidos que dictaban, sin prestar atención totalmente. Corría presurosa a consultarle a mis compañeros o leía los textos del programa de la materia tomando solo la idea central de cada texto. 

Con Freire me topé con mi miserable ignorancia. Con él entendí que los textos no eran una golosina, que se consumía y ya estaba. Sino que era más complejo. 

Un texto expresa muchos puntos claves en el aprendizaje. 

El de enfrentarse a la ignorancia, el peor miedo: la falta de entendimiento. 

Este miedo todos lo poseemos y pocas veces es reconocido. 

Muchas veces el divague es abandonar lo que nos resulta difícil y la timidez la que nos silencia a pedir ayuda. 

El aprender duele, pero es un dolor sano porque disciplina la mente. Fomenta la voluntad de salir de la ignorancia para abandonar nuestra zona de confort. Esta voluntad de aprender te empuja a buscar y elegir diferentes caminos. Sería como buscar pequeñas luces que hay en la oscuridad. 

Las luces son: Preguntar al maestro, consultar diccionarios, acudir a la bibliografía. Pedir ayuda a nuestro alrededor, armar debates. 

Aprender es sobrevivir. Superas el miedo, las barreras y nuestros propios contextos.

El texto entendido genera una revolución interna. Es un conocimiento transmitido por el autor, por el docente y por nosotros, los alumnos. En una creación cooperada entre todos. Dónde el miedo es vencido. Pero queda otra dificultad aparte del miedo, la propia voz del que aprende. Esa voz que sale con tanta fuerza cuando entendemos y compartimos. ¿Quién la prepara? Y ahí nace mi nueva admiración hacia el docente. Volviendo al primer párrafo de esta carta que te escribo. 

Pude entender mis distracciones y mi falta de interés. Era que no tenía mi voz como alumna, no la conocía. Pero Freire nos hizo a notar a todos que el docente genera con su transparencia la voz de cada uno de nosotros en la clase. Desde su motivación arrasadora con sus reflexiones profundas y críticas. 

Que como alumnos percibimos y sentimos. Ese compartir de la realidad que nos acerca. Ya no siente esa separación entre docente y alumno, sino que somos una comunidad que comparte y construye el conocimiento. 

Por lo tanto, ese miedo se desvanece y el docente de repente ya no es una autoridad unilateral, sino un anciano que nos escucha y nos da la bienvenida al intercambio. Con esto concluyó que el aprender nace a través de un docente honesto, crítico y motivado, que otorga calidez a sus alumnos para que venzan sus propios miedos y hagan florecer su propia voz. 

Esa voz que nos forma como ciudadanos éticos y socialmente responsables.



Comentarios

Entradas populares